viernes, 18 de mayo de 2012

Ella


Ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
ella desconoce el feroz destino
de sus visiones
ella tiene miedo de no saber nombrar
lo que no existe.

Alejandra Pizarnik

jueves, 15 de septiembre de 2011

First Of May

Los Días Primero de Mayo

Cuando yo era apenas una pequeña,
y los árboles de Navidad lucían enormes,
solíamos amar la vida intensamente
mientras los demás solo preferían jugar.
No me hagan recordar más,
pero el tiempo se nos ha pasado sin sentirlo,
alguien más ha partido muy lejos de aquí.
Ahora ya que crecimos y estamos altos,
y los árboles de Navidad lucen pequeños,
a ti ya te tiene sin cuidado qué hora sea.
Sin embargo en ti y en mí, nuestro amor
nunca perecerá. Sino quién más llorará
llegados los días primero de mayo.
Del árbol de manzano que nos vio crecer,
miré las manzanas caer una por una.
Y así se me vinieron a la mente todos
los momentos aquellos. El día que besé
tu mejilla... y tu mirada se apagó.
Ahora que ya hemos crecido y estamos altos,
y los árboles de Navidad lucen pequeñitos,
a ti ya no te sirve de nada saber la hora del día.
Sin embargo en ti y en mí, nuestro amor
nunca morirá. Sino quién crees que llorará
cuando lleguen los días primero de mayo.
Cuando yo era apenas una niña,
y los árboles de Navidad parecían enormes,
dududu, dududu, dududu...
Ya no me pregunten las razones, pero
el tiempo se nos ha escapado de las manos,
alguien más se ha marchado muy lejos de aquí.


First Of May




miércoles, 7 de septiembre de 2011

El regalo

Nada en la vida ocurre por casualidad...
Si un día al despertar, usted encontrara al lado de la cama, un lindo paquete envuelto con cintas coloridas, usted abriría, antes de lavarse el rostro, rasgando el papel curioso para ver lo que hay adentro...
Tal vez hubiese allí algo que a usted no le gustase mucho... entonces usted guardaría la caja, pensando que hacer con aquél regalo aparentemente "inútil"...
Pero, si al día siguiente hay otra caja, una vez más la abriría corriendo y si de esta vez encontrara algo que a usted le gusta mucho...
Un recuerdo de alguién distante... una linda ropa que vio en una vidriera... la llave de un nuevo coche... un abrigo maravilloso para los días de frío... o simplemente un ramo de flores de alguién que se acordó de usted...
Y eso que ocurre todos los días, pero nosotros no lo percibimos...
Todos los días cuando despertamos ahí esta, en nuestra frente, una caja de regalo enviada por DIOS para nosotros: un día enterito para usarlo de la mejor forma posible !
A veces, viene lleno de problemas, cosas que no conseguimos resolver: tristeza, decepciones, lágrimas...
Pero otras veces, viene lleno de sorpresas, alegrías, victorias y conquistas...
Lo más importante es que, todos los días, DIOS envuelve para nosotros, mientras dormimos, con todo cariño, nuestro regalo: EL DÍA SIGUIENTE !
ÈL acerca a nuestros días con cintas coloridas, no importa lo que esté por venir...
Ese día cuando despertamos llamamos de REGALO...
El regalo de DIOS para nosotros.
No siempre ÉL nos manda lo que esperamos o queremos...
Pero ÉL siempre, siempre y siempre nos manda lo mejor, lo que precisamos que es más de lo que merecemos...
Abra su REGALO todos los días, agradeciendo primero a quién se lo envió, sin importarle lo que viene adentro del "paquete"
Sin duda, Él no se engaña en la remesa de los paquetes.
Si no vino hoy el paquete que usted esperaba... espera...
Ábralo mañana con más cariño, pues en cualquier momento, los sueños y planos de DIOS llegarán para usted envueltos en el regalo...
DIOS no atiende nuestras voluntades... y si nuestras necesidades...

martes, 2 de agosto de 2011

Mi Bufanda Roja

Mi bufanda roja
Todos somos pacientes.

 
Esta tarde atendí a Rocío. Una paciente a quien conozco desde hace más de diez años. Tiene un tumor retroperitoneal con múltiples metástasis. Es diabética, le colocamos un marcapasos hace un año, después tuvo un infarto. Ya no es posible operarla ni hacerle más quimioterapia. Tiene 68 años, ha sido maestra y directora de escuela durante toda su vida. Siempre me regala libros que ella lee antes y que vuelve a comprar para mí. Casi siempre los comentamos en la siguiente visita. Desde hace un mes no quería verme porque bajó mucho de peso -37 kg- y su dentadura postiza ya no le servía. Ahora tiene una nueva, por eso vino hoy. No quería que yo la viese así. Usa un pañuelo sobre la cabeza que nunca se saca delante de otras personas. Se pinta los labios y los ojos con discreción pero regularmente. No me dejó quitarle los pantalones para revisarla porque no había podido depilarse las piernas. Me trajo de regalo una bufanda roja de lana gruesa sin terminar ya que no cree que pueda seguir tejiéndola. Quería tenerla lista para esta fecha, es mi cumpleaños, pero le resultó imposible. No se la acepté. Le dije que la quería terminada y no por la mitad. Que ella podría hacerlo. Que todavía teníamos tiempo y que este no sería el último invierno. Le mentí. Yo sé que ya no será posible. Que nunca podrá terminar mi bufanda. Lo aceptó. Sospecho que más por darme el gusto que porque se haya convencido. Antes de irse me abrazó con una intensidad rara. Muy distinta a otras veces. Yo también lo hice. Nos apretamos mucho y durante un largo rato. Ella percibió el mínimo temblor de mis brazos. Mi respiración algo agitada. O no sé qué cosa. Me acarició la cara, me besó varias veces. Creo que nuestros cuerpos se dijeron adiós. Pero no pudimos decirlo con palabras. Antes de salir del consultorio, ayudada por su esposo y su hija, volvió sobre sus pasos. –“Leí en diario que publicaron otra novela de Sandor Marai. Esta tendrás que leerla vos solo”. Volví a tomarle las manos. –“No Rocío, mejor la leemos los dos y después charlamos”. Se acercó a mi oreja en puntas de pie. Tuve que sostenerla. – “No me trates como a una tonta. Vos nunca lo hiciste. Y, a propósito, dejate de joder y se feliz de una vez por todas. Se te nota en los ojos. Te quiero mucho”. Nunca antes me había tuteado. Jamás le había escuchado decir una palabra grosera. Algo había cambiado esta tarde. –“Yo también te quiero mucho. Estás preciosa maestrita”. Le dije sin pensarlo demasiado. Se fue. Vi arrancar el auto con su sombra pequeña a través de la ventanilla. Desde los árboles llegaba un estruendo de pájaros. El siguiente paciente abrió la puerta del consultorio. Me miró sin animarse a entrar. Me quedé pensando de pie frente a la ventana. No supe qué hacer con lo que había vivido durante esos pocos minutos. Desde hace un tiempo he comenzado a sospechar que mis pacientes son mi remedio. Que ellos me atienden a mí y que el enfermito soy yo.
DF

lunes, 25 de julio de 2011